Salud y tebeos

Salud y tebeos
"Mantened los ojos bien abiertos" (Winsor McCay)

domingo, 29 de noviembre de 2015

Aquí. La casa. El tiempo


Aquí (Here), de Richard McGuire -me refiero a la novela gráfica (2014) del autor neojerseyano, una versión expandida y en color de su anterior historieta homónima, publicada en seis páginas de RAW en 1989- es un libro que tiene una cierta profundidad oblicua. Trata de un vasto eje temporal, vastísimo más bien, que atraviesa un "aquí", esto es, una misma coordenada espacial tridimensional suspendida entre un pasado remoto y un no menos remoto futuro. Por supuesto, dado que lo que pasa a través de ese eje temporal es una sucesión desordenada -en sentido cronológico- de momentos, escenarios, personajes no solo humanos y así, Aquí trata de muchísimas otras cosas. Es casi un manual de cosmología centrada en la vida doméstica. 


McGuire consigue en esta obra representar no diré que lo irrepresentable, pero sí algo que escapa comúnmente a la representación mediante imágenes estáticas. Me refiero a la cuarta dimensión. En mi imaginario, la película británica El tiempo en sus manos (The Time Machine, 1960), dirigida por George Pal y basada en la novela de H. G. Wells, representa esa cuarta dimensión (con imágenes dinámicas) acertadamente. Recuerdo en particular la secuencia en la que Rod Taylor intenta convencer de su hallazgo a sus descreídos amigos usando una reproducción en miniatura de la máquina del tiempo. Sienta en ella un puro habano doblado, pone en marcha el artilugio y ante los espectadores la máquina desaparece. No obstante, el prota les dice a sus invitados que la máquina sigue estando ahí, solo que en otra dimensión. El resto de la película es una ambientación imaginativa de las peripecias de un héroe que viaja por un futuro con escenarios cambiantes sin apenas moverse del sitio. El punto de partida de Richard McGuire (n. 1957) en Aquí puede ser análogo. Pero es en este caso a través de viñetas superpuestas poéticamente, esto es, sujetas tan solo a la lógica personal del autor, como logra McGuire sugerir la riqueza de significados que entraña la idea del devenir de un mismo espacio en el tiempo.

Todo esto puede parecer abstruso, pero no lo es en absoluto. Aquí es un artefacto gozoso y estéticamente bello.


El motivo de la mayoría de los encuadres de Aquí es la estancia principal de una casa. Mientras leía la novela de McGuire me vino a la mente La casa, la novedad en el arte gráfico de Daniel Torres. Sin embargo, son dos obras no equivalentes, ni en extensión ni en intensión. Richard McGuire representa en Aquí algo que enlaza de algún modo con Una breve historia de América, esas doce viñetas en las que R. Crumb sintetiza a partir de un mismo encuadre lo que el título de su historieta expone. Es como una foto fija que cambia en función del tiempo de la captura. Un prodigio del arte secuencial, en la medida en que es el devenir del tiempo el que se cuela entre viñeta y viñeta y sacude la conciencia del espectador. El planteamiento de Torres en La casa es otro. Y el resultado, obviamente, es distinto. No obstante, también al leer y contemplar La casa se le cuela en la retina al lector una representación de la cuarta dimensión.

Imagen de "La casa", de Daniel Torres

Es llamativo que el hogar como centro de atención del artista sugiere un motivo suficiente para suscitar obras que trascienden la mera descripción del lugar. Supongo que este interés artístico por la casa conecta con el interés de los historiadores que concentran sus estudios en la vida cotidiana y en la microhistoria. Pues a fin de cuentas es esta, la microhistoria, la especialidad académica que acaso se adapta mejor a las posibilidades narrativas y expresivas de la novela... y del cómic en general.

Página de la historieta original "Here"

Comentario aparte se merece, desde luego, La casa. Crónica de una conquista, de Daniel Torres. 


martes, 24 de noviembre de 2015

Cómics sensacionales... Sin adjetivos superfluos

Cuando un texto con pretensión de informar tira de adjetivos calificativos que obvian el empleo de otras frases, no hay por qué sospechar que ese abuso de los adjetivos enmascara carencias cognoscitivas del escritor. Como en todo, esto es una cuestión de medida. Y un uso medido de los adjetivos entraña también su mérito.

Es más pacífico convenir que lo que se expresa a menudo a través de los calificativos es la propia subjetividad del autor, de manera que en los textos muy adjetivados el significado emotivo predomina sobre la información.

No es preciso, con todo, recurrir a los calificativos para expresar contenidos subjetivos. El lenguaje verbal está sobrado de recursos sintácticos y semánticos que permiten construir oraciones sin límite, incluidas las que tienen referencia objetiva, las autorreferenciales y las referidas al sujeto que habla o escribe.


En el libro Cómics sensacionales, Santiago García no abusa para nada de los adjetivos, pese al que figura en el título. Más bien al contrario. En sus páginas el autor ofrece datos, información sobre el entorno de los cómics, a la vez que expresa anécdotas y detalles de sí mismo al hablar de sus tebeos preferidos. Es decir, lo que ofrece Cómics sensacionales es una equilibrada conjunción de información objetiva y subjetiva encadenando enunciados; sin adjetivos superfluos.

El estilo de escritura de Cómics sensacionales certifica que nos encontramos en la era del blog, la de los blocs personales. No en vano Santiago García es el artífice de Mandorla, uno de los blogs de cómics de referencia en nuestro idioma. Pero estamos también ante un libro "de autor". No solo es que Santiago García sea el responsable del ensayo La novela gráfica, el editor de la compilación de papers de varios autores titulada Supercómic. Mutaciones de la novela gráfica contemporánea, el organizador de la antología de historietistas Panorama. La novela gráfica española hoy y el firmante de un buen número de prólogos, artículos y otras aportaciones en este ámbito. Es que además Santiago García es un ya consolidado escritor de guiones de cómics diversos. La lista de tebeos guionizados por él empieza a ser importante. Y el éxito fulminante del galardonado Las Meninas, dibujado por Javier Olivares y escrito por nuestro autor, es el mejor botón de muestra de la valía de Santiago García como guionista.

García parece encontrarse en un momento dulce de su carrera. Así lo da él a entender en esa especie de canon particular de la historieta que viene a ser Cómics sensacionales. Nos afirma el autor que toda su vida ha estado dedicada a los tebeos; primero como lector e incipiente creador, después como traductor y luego como guionista, si bien cada fase nueva conserva las anteriores. La ocupación le va dando frutos, aunque el sabrá de sus esfuerzos (el entusiasmo no basta y los libros no se escriben solos). Siempre es una suerte notar que la cosa funciona.

Respecto a la distinción que Santiago García perfila entre neófitos, aficionados y profesionales en el mundo del cómic, yo le diría que todos amanecemos diariamente siendo neófitos en todos los mundos.

El equilibrio que muestra Santiago García en sus comentarios (si bien se nota un poco su circunstancia biográfica en favor de ciertos tebeos de superhéroes), esto es, la ecuanimidad a la hora de valorar los tebeos que nos presenta el autor -en la medida en que la propia ecuanimidad sea un valor de por sí en el ejercicio de la crítica-, más allá de que los títulos elegidos coincidan o no con los preferidos por el lector, y en cuanto que los comentarios se centran más en los autores y en su contexto que en los títulos mismos, todo ello, concluyo, nos muestra que el canon particular de Santiago García coincide en muy buena medida con el canon universal de los cómics.






lunes, 9 de noviembre de 2015

¿Podemos hablar de algo más agradable? Roz Chast


Cuando el principio de realidad se impone abruptamente sobre el principio de placer, pintan bastos para quien lo padece. Una situación de ese estilo la viven, con variados matices, los hijos cuyos padres envejecen decrépitos hasta el fin de su ciclo biológico. Es muy duro hacerse cargo. Y es más duro aún cuando los padres son como un espejo que anticipa lo que nos espera a todos.

Este tipo de situación real no hace distingos entre aquellos a quienes se impone. Y por contrapartida, cada uno la afronta a su manera. Roz Chast (n. 1954) nos relata con imágenes y palabras en ¿Podemos hablar de algo más agradable? su experiencia personal al respecto. No es un asunto agradable, desde luego. Sin embargo, hablar de ello no tiene por qué ser del todo desagradable. Como suele suceder con los tabúes, depende del acierto, de la inteligencia y del arte con que se acometa la empresa. Y el acierto inteligente y artístico puede conllevar un efecto liberador.


Siempre hay como una terribilità que comporta la lucidez al enfrentarse a esta experiencia. Y la hay, también, a la hora de representarla. En el caso de Roz Chast, es una terribilità rebajada, doméstica, situada a una escala netamente humana. Esta es, quizás, la manera adecuada de sobrellevar una situación terminal como la descrita. De igual modo, en el ámbito de la representación, la crudeza de lo representado puede ser tratada de un modo amable. No sublime, si se quiere, pero sí más que amable, en concordancia con la humanidad del asunto tratado.

En un post anterior, hablando de 'la guerra de nuestros padres' (a propósito de Ramón Boldú [aquí]), quedó abierta la interpretación de los sentidos posibles de la asunción por los hijos de la voz y experiencia de sus progenitores. Uno de esos sentidos pasa por la autoexpresión del artista a través de sus padres, donde al fin lo que prevalece es la propia autoexpresión. La cual puede o no a su vez apuntar a algún sentido más o menos liberador o superador de las coerciones padecidas por la generación anterior, etc.

Nos movemos entonces en el terreno de la literatura confesional de temática no ficticia, tan del agrado de cierta novelística gráfica actual.

Uno de los antecedentes de este tipo de novelas lo encontramos en Marcel Proust. Pura confesionalidad y pura narración no ficticia es lo que hay en À la Recherche du temps perdu. No es que yo me obsesione buscando a Proust en las novelas gráficas americanas. Es que me lo encuentro, literalmente. Y así, la página 196 de ¿Podemos hablar de algo más agradable? la cumple una cita de "Por el camino de Swann", de Proust: la metáfora de la crisálida. Es en realidad una metáfora que inspira todo el cap. 17 del libro de Roz Chast, igual que la lectura de Proust puede haber inspirado el libro entero.

Con lo cual, hay una manera exquisita, proustiana, de tratar circunstancias cotidianas, domésticas. En torno al intento de mostrar lo innombrable o lo innominado, hacerlo accesible por proximidad. Convertir la autoexpresión en una obra de arte que es también un espejo para el espectador. Pues todos al fin, si no hemos pasado, pasaremos por ello.

Lo mejor de la novelística gráfica se da cuando disuelve (o funde, no sé) las barreras que separan la alta, media y baja cultura. Son barreras artificiales, como lo es lo que de verdad importa, la cultura sin más. Si no fuera por ella, la naturaleza nos devastaría.

Roz Chast demuestra en ¿Podemos hablar de algo más agradable? que es posible obtener cierta satisfacción, de variada índole, si se habla de un modo agradable acerca de cosas que son de por sí ciertamente desagradables. El arte en este tipo de literatura se da cuando lo simbólico nos sobrepone ante lo real y exorciza lo imaginario terrible que nos acucia. Roz Chast lo consigue.

P. S. Me resonó en algún momento de la lectura de ¿Podemos hablar de algo más agradable? la película Amor, de Michael Haneke. Pero no, aunque sin embargo. En el filme no se autorrepresenta un narrador interpuesto. Ambas obras exploran las posibilidades de dos medios diferentes, el cine y el cómic.




jueves, 5 de noviembre de 2015

Billie Holiday. La música de Muñoz y Sampayo

Es un placer comentar la reedición, lujosa por cierto, de Billie Holiday con motivo de la conmemoración del centenario del nacimiento de Lady Day (1915-1959).


En 1991 la editorial Casterman lanzó la primera edición en francés de este ya cuasi mítico álbum dibujado por José Muñoz y guionizado por Carlos Sampayo. Este año, 2015, la misma casa lo ha reeditado y acaba de salir ahora a cargo de la editorial Salamandra la versión española de ese álbum conmemorativo de Casterman. Billie Holiday está prologado por Francis Marmande y contiene como apéndice una propina de mérito: doce planchas reunidas bajo el rótulo 'Jazzsessions'. Una celebración en toda regla.

La dupla Muñoz & Sampayo se encuentra en el grupo de los imprescindibles del canon del cómic. Por su condición de argentinos, al pensar en ellos surge casi inevitablemente el otro gran tándem argentino de la historia del tebeo adulto: el formado por H. G. Oesterheld y Alberto Breccia (Álvaro Pons comentaba hace diez años [auí] este hecho). Si Muñoz y Sampayo solo hubieran realizado Alack Sinner, ello bastaría para considerarlos en el panteón de los historietistas ilustres. Pero hicieron otros trabajos juntos de no menor calidad.

La estética (y la ética) de Muñoz y Sampayo da mucho juego hermenéutico. Yo destacaría la estrecha relación que guardan sus obras con la música. Con los sonidos del jazz y del blues. Con los sonidos del tango. Con los sonidos también del silencio. Con los sonidos del desamparo y de la soledad. Con la música, en fin, que desprenden sus páginas debido al predominio en ellas de la sinestesia.

El jazz, en primer lugar, es la primera referencia musical que se asocia a los nombres de Muñoz y Sampayo. También separadamente. Carlos Sampayo es escritor y crítico de jazz. Y José Muñoz ilustró en 2009 la novela corta -o el relato largo- El perseguidor, de Julio Cortázar. Hablamos de una música que alcanza un valor existencial, sustantivo, en la vida y en las obras de Muñoz y Sampayo.


El carácter sintético (más que analítico) del estilo de Muñoz y Sampayo en el cómic sobre Billie Holiday no permite afirmar que esta obra sea exactamente una biografía. Aunque, a la vez, no deja de serlo. La concisión significativa de los textos de Sampayo y de las imágenes de Muñoz encuadran la vida de Eleonora Holiday -bautizada como Lady Day por Lester Young- y su desenlace final con una densidad descriptiva inusitada. Los datos que aportan los dos autores son más que suficientes para vislumbrar una vida completa.

La técnica narrativa de Billie Holiday (la mirada retrospectiva, la investigación biográfica) recuerda a la empleada después por los mismos autores en Carlos Gardel. La voz del Río de la Plata. Sin embargo, lo que en este último cómic es luz y predominio del blanco, en Billie Holiday es negritud y sombra. (No sé si viene a cuento, pero sorprende el rastro de Muñoz y Sampayo en Sombras, de El Cubri.) Viene a ser la diferencia que hay entre el tango y el jazz-blues. En ambos casos, como en Alack Sinner, suena la música entre las viñetas.


Al final lo que se queda en la retina del lector es una voz, la de esa también extraña fruta que fue Billie Holiday. Una voz que sobrevive a su vida maltrecha.

Muy bueno el cameo de Alack Sinner, a propósito, en Billie Holiday.




domingo, 1 de noviembre de 2015

Ramón Boldú y 'la guerra de nuestros padres'

Son muchos los cómics que tratan de un modo u otro la experiencia de la guerra vivida por nuestros padres, tanto en su vertiente nacional (la guerra del 36-39) como internacional (la II GM). Los surcos del azar (2013), de Paco Roca, es un buen exponente en la medida en que da noticia de ambas guerras, que fueron dos versiones de la misma.


Pero ahora me quiero referir a aquellos tebeos que recogen la voz del padre del autor, es decir, tebeos que narran vivencias paternas de guerra desde la voz del progenitor, una voz más o menos filtrada por la mediación del hijo, que es quien a la postre realiza el tebeo. Esto es algo así como escribir-dibujar en el nombre del padre. Cuál sea la interpretación del sentido de esta asunción filial es una cuestión abierta. Obviamente, no se trata de contar las batallitas de papá. El asunto es otra cosa.


Supongo que la cosa empezaría con Maus (1977, 1980-1991), de Art Spiegelman. El padre de Spiegelman le cuenta a este su vida sobre todo en un campo de concentración durante la II GM y a la vez el propio Spiegelman se dibuja a sí mismo en tanto que se involucra en la historia.


Más recientemente, Jacques Tardi le da voz a su padre en Yo, René Tardi Prisionero de guerra en Stalag IIB (2012, 2014). Aquí la fuente del relato paterno no es oral, sino escrita. Y narra también la experiencia en un campo de prisioneros alemán durante la II GM, seguida por la posterior vuelta a casa del prisionero ya liberado. También Jaques Tardi se representa a sí mismo en las páginas de la historia de su padre, a modo de avatar que actualiza el relato.


En cuanto a la guerra española del 36, preludio de la mundial, Miguel Gallardo ilustró una narración de su padre en Un largo silencio (1997). Gallardo fue un adelantado en nuestro país (como lo sería después con María y yo pero en otro respecto) a la hora de exponer gráficamente la experiencia de su padre en la época del fascismo. Un largo silencio es un libro a caballo entre la literatura y el cómic. Abrió, como digo, camino.


La propuesta de Gallardo guarda relación con El arte de volar (2009), de Antonio Altarriba y Kim. Aquí el relato de la figura paterna -el padre de Altarriba- está más pormenorizado, abarca mayor duración. La voz del protagonista se compagina con la voz del narrador...


La trilogía iniciada con Un médico novato (2013) y continuada con Atrapado en Belchite (2015), de Sento Llobell, es la puesta en viñetas de No se fusila en domingo, el libro de memorias del suegro de Sento, centrado también en la vivencia de la guerra española del 36. En este caso, el cómic expone los hechos como en tercera persona, despojados de la voz de su protagonista, aunque es más que reconocible esa voz.


La vida es un tango y te piso bailando (2015), de Ramón Boldú (n. 1951), se suma también a esta lista de cómics que tocan la experiencia de la guerra vivida por el padre del realizador del tebeo. El libro refiere también otros temas a la manera habitual de Boldú, esto es, medio en serio, medio en broma. Con todo, Boldú es un autor de los que no dan puntada sin hilo, aunque a veces pueda despistar por su desenfado al lector. Nos lo pasamos pipa leyendo a Boldú y este será un cachondo completo, pero eso no le quita seriedad ni rigor a lo suyo.

Biografía del padre y autobiografía del hijo se combinan en La vida es un tango y te piso bailando. A Boldú se le considera un adelantado en nuestro país en el género secuencial autobiográfico. En 1995 publicó el libro Bohemio pero abstemio (colección de historietas aparecidas en El Víbora a comienzos de los años noventa) y en 1998 Memorias de un hombre de segunda mano. Ambos títulos fueron "remasterizados" por el autor y publicados en 2009 en un único volumen. Se trata de una crónica viva de los años del postfranquismo desde una óptica que aúna lo personal (de Boldú) con el momento histórico. Densa, pero muy divertida. En 2008 salió El arte de criar malvas. En 2010, Sexo, amor y pistachos. La antología Panorama. La novela gráfica española hoy (2013) recogió de Boldú la historieta "Los guionistas nunca ligan". Y ahora, en 2015, aparece La vida es un tango... Todo esto, por lo que a la autobiografía de este autor se refiere. 

Boldú es un historietista informado y formado. Se le percibe en contacto con el underground (americano y europeo), con el humor gráfico a lo Hara Kiri ("Dedicado a mis maestros Wolinski y Cabú", leemos en el frontispicio de La vida es un tango), con el Jean Giraud de La Desviación (más cercano a este en el costumbrismo familiar que a Andrea Pazienza), con lo que se ha ido produciendo en el medio aquí y allá (hasta una página en homenaje al Little Nemo de McCay encontramos en El arte de criar malvas).

A propósito del asunto que nos ocupa en este post, escribe Boldú en una viñeta de la p. 27 de Bohemio pero abstemio. Memorias de un hombre de segunda mano (2009):
"En la pág. anterior quise emular a Art Spiegelman, el dibujante de cómics que se ha hecho rico y famoso con su libro "Maus", en el que su padre le cuenta las aventuras que pasó en los campos de concentración. Pero tuve que dejarlo porque mi padre, en lugar de ser judío como el padre de Spiegelman, es catalán de Lérida."
La emulación de Spiegelman la llevará a cabo Boldú, claro que a su manera, precisamente en La vida es un tango.


Boldú aborda en La vida es un tango esta materia de 'La guerra de nuestros padres' de un modo que está en perfecta consonancia con el resto de su producción anterior. Es la actitud underground la que trasparece de nuevo; un underground vitalista y festivo, lúdico, de inspiración crumbiana, instalado en el tiempo, que usa la autoexpresión a través de viñetas, que va más allá de la mera representación de las obsesiones, que conecta con anhelos -reprimidos u olvidados o no- del lector, que utiliza la risa como catarsis...

En concreto, pese a un cierto aparente desorden en la exposición narrativa, La vida es un tango finaliza -y se inicia- con una propuesta a manera de superación de los desastres de la guerra. Un juego de mesa. "El tango libre". Una especie de ajedrez sin violencia -donde no se mata- y sin rey. Con su tablero, sus fichas y reglas (incluido todo ello en el cómic). Un ajedrez del amor.

Puede parecer naíf la propuesta de Boldú, pero en todo caso lo sería tanto como ingenuas pudieran haber sido las consignas de 'La imaginación al poder', 'El verano del amor' o 'La revolución de las flores californianas'.

Y es que, a mi modo de ver, en el salto cuántico que aportó a la historia de la humanidad la generación de los nacidos después de (o durante) la Guerra del 36-II GM, influyó la locura de un mundo atenazado por la violencia institucionalizada después de la guerra.

Esto es: El giro existencial (contracultural y postexistencialista) que estalló en los años sesenta del siglo pasado podría haber nacido, en parte, como respuesta ante una tensión bélica que se había institucionalizado. En concreto, la de la guerra fría. Más el franquismo aquí. Sería como si los miembros más lúcidos de las primeras generaciones nacidas en la postguerra se hubiesen dicho a sí mismos: "Ya que somos impotentes para desarmar al poder o para desactivar su locura, pasemos de todo y mantengamos los ojos abiertos. El goce es un arma cargada de futuro".


Esta habría sido la postura de R. Crumb. Lo da a entender el sentido de su carrera. Y lo dan también a entender unas palabras que escribió a su amigo Marty Pahls en una carta de 1962, recogida en el epistolario titulado Tus ganas de vivir me horrorizan. En efecto, refiriéndose a lo que él denomina "la Bomba" (bomba de hidrógeno, bomba atómica), escribió Crumb:
Como dije en Ohio, creo que simplemente me he vuelto insensible al tema de la Bomba... Solía preocuparme por ello hasta ponerme enfermo cuando tenía once, doce, trece años... pero poco a poco dejas de preocuparte por algo sobre lo que no puedes hacer nada al respecto, y que no me está causando ningún daño, así que me preocuparé sobre ello cuando suceda si es que sucede.
Como dije en otro post [aquí], se me ocurre que las flores sesenteras de Berkeley fueron una liberación psicológica -y vital, por supuesto- de unos jóvenes ya hartos del horror, el horror.


La obra de Ramón Boldú encaja en este planteamiento.

Tras el relato de unos hechos -entre otros- que acontecieron en la guerra de nuestros padres, La vida es un tango y te piso bailando culmina con la propuesta lúdica de Boldú. Es una salida coherente y valiosa. Nunca se sabe lo que podrá ocurrir.


Como dije antes, Boldú no da puntada sin hilo.