Salud y tebeos

Salud y tebeos
"Mantened los ojos bien abiertos" (Winsor McCay)

sábado, 30 de enero de 2016

The Lonesome Go (American Solitude)

Pensé titular American Solitude esta entrada acerca de The Lonesome Go (2014), la novela gráfica de Tim Lane. Luego vi -o entreví- que el asunto de la obra no se limita a EE UU, aunque sí a la soledad. Pero dada la escenografía de este cómic, decidí mantener la expresión: American Solitude.


El subtítulo de The Lonesome Go es Un viaje a la deriva por el sueño americano. Por su parte, la editorial Fantagraphics, responsable de la publicación original de esta obra en Estados Unidos, la presenta como un paso más en la exploración de "The Great American Mythological Drama" iniciada por Tim Lane en su colección de relatos Coches abandonados (2008).

El Gran Drama Mitológico Americano tiene raíces decimonónicas, de cuando EE UU se iba constituyendo como una gran nación de desposeídos, individuos desarraigados (migrantes) que encontraban allí una tierra de acogida. Y en sentido inverso, el desarraigo se fue extendiendo por imposición entre los nativos indígenas. Mientras tanto, el individualismo romántico liberal se instituía como un principio intangible en la configuración del país. Luego la Gran Depresión amplió la sombra de la marginación interior y con ella quedó anclada en aquel territorio la dialéctica promisión/desarraigo. Los triunfos y derrotas militares del siglo XX sirvieron para configurar aún más esa dialéctica en términos de triunfador/perdedor. De ese modo, el éxito y el fracaso se acoplaron como hermanos siameses en el imaginario de Estados Unidos.

Las artes populares, literarias y figurativas han dado cuenta exhaustiva de ese imaginario ya mitológico. El nombre América -injusta sinécdoque- ha pasado a ser un emblema que recoge todas las tendencias, tanto las favorables como las desfavorables a la realidad estadounidense. Como espacio de la representación, América es terreno abonado para el sueño y para la pesadilla, para el campo y la ciudad, para la religión y Las Vegas, para el amor y el horror. Es como una gran esponja que absorbe su ideal y su contrario. Y sin llegar a desmerecer (?). América no es un arquetipo, pero El Gran Drama Mitológico Americano incide como si lo fuera. (Es lo que llamé en otro post "El constructo americano".)


La representación más brillante del reverso de América, de su cara B (aunque esto del anverso y del reverso, de las caras A y B, etc., es relativo; depende del punto de vista del observador) pasa por los hobos, los hepcats y hipsters, los beat y los beatniks, los black y los underground, los creadores y consumidores de pulp, los expresionistas concretos y también los abstractos. Las referencias son largas y ociosas. Lo que importa es que en Estados Unidos hay un enorme latido "contracultural" que se expresa a través de todos los medios visuales y auditivos. Es el antisistema que fortalece el sistema, los complementarios unidos... bajo el nombre de América.

Esta representación trae consigo un lenguaje, unas maneras de hablar y escribir. Una figuración específica. Una serie de sonidos y ritmos. Un tempo vital.

El video que sigue corresponde a la presentación de The Lonesome Go de Tim Lane en Barcelona. Hay en él lectura de textos de Lane. La música la pone Caustic Roll Dave.


Decía arriba que el asunto de The Lonesome Go es la soledad. Esa demarcación en la que uno solamente cuenta consigo mismo y con el presente continuo. Y con las circunstancias del entorno, si bien con la incapacidad de salvarlas. La soledad es el fantasma que vuelve dejando de ser un fantasma.

Así planteadas las cosas, The Lonesome Go es una novela gráfica que no se circunscribe a la América profunda, al Estados Unidos oscuro o a como se quiera llamar ese espacio simbólico. Sus representaciones conectan -por estética, por diegética, por el entendimiento, por la globalización- con el imaginario visual y auditivo de los lectores. Y con su lado profundo, oscuro, marginal, latente. La soledad nos acecha a todos; la repetición de comportamientos y costumbres ajenas también.

The Lonesome Go, la marcha solitaria.


En los planos visual y narrativo, Tim Lane recoge en este artefacto gráfico y literario todo el bagage contracultural y underground requerido (viene a ser algo así como el negativo de Lone Ranger). La gran novela americana trasparece en este relato violento de polizones, vagabundos, solitarios, autoestopistas, seguidores somnolientos de un sueño sin sueño, viajeros sin rumbo en la era de la ansiedad. Pienso que es un relato, una novela que no está muy lejos de lo que se cuece aquí. Al menos desde la perspectiva del exilio interior. En nuestro territorio los desplazamientos de los desarraigados no son tan constantes.

Me habría gustado que este post transmitiera no solo el significado, sino también el significante de The Lonesome Go. Creo que el video de la presentación lo bordea.


viernes, 22 de enero de 2016

Pies descalzos, manga universal

2.600 páginas con viñetas distribuidas en cuatro tomos -sin contar los prólogos, créditos y tal- componen el cuerpo de la reciente edición completa en nuestro idioma de Pies descalzos. Una historia de Hiroshima, de Keiji Nazakawa. Cuando en julio pasado salió el primero de esos volúmenes, hice acuse de recibo [aquí] y escribí una primera aproximación a esta novela gráfica. Ahora que ha salido el cuarto tomo y la obra está culminada, prosigo mi comentario.


La lectura hasta el final de Pies descalzos trae consigo una reafirmación de los valores humanitarios, humanistas o simplemente humanos que Nazakawa proyecta en su obra. Y lo hace mediante una descripción de los horrores de la guerra que, pese a su dilatada extensión, mantiene sabiamente la atención del lector sin que a este el libro se le caiga de las manos. Todo ello intercalando apreciaciones, comentarios, amplificaciones acerca del pacifismo que la novela transmite, pero sin abandonar la pura narratividad ni el sentido del relato y sin renunciar a la violencia de muchas de las situaciones descritas. El resultado al que llega Pies descalzos es difícil de conseguir. Se trata de una gran obra, en consecuencia, que, como suele decirse, debería ser de lectura obligada.

Doble ha sido la curiosidad que ha guiado mi lectura de Pies descalzos.

En primer lugar, es natural el interés que suscita un relato basado en el desastre de Hiroshima contado por alguien que estaba allí con seis años cuando la bomba estalló. No se me escapaba que la narración de los hechos, de una brutalidad atroz, debía transmitir una relevante perspectiva moral; pero a la vez, siendo un cómic en esa tesitura, debía contener grandes dosis de savoir faire en lo que a la realización de escritura y dibujo secuenciados se refiere. No me ha defraudado en absoluto el trabajo de Nazakawa. Al contrario. El escritor Adolfo García Ortega pone Pies descalzos a la altura de la obra de Balzac, de Proust, Galdós, Tolstói... Es una consideración aceptable, siempre que apreciemos el valor de unas obras que trascienden su medio y devienen universales, independientemente de que estén escritas o dibujadas o secuenciadas o filmadas o musicadas o escenificadas, etcétera.


Un segundo interés, junto al anterior, motivó mi lectura de Pies descalzos. Veamos. El primer tomo de esta obra monumental incluye un prólogo de Art Spiegelman fechado en 1990 y titulado "Los cómics después de la bomba". También presenta en su contracubierta una cita de Robert Crumb que afirma: "Uno de los mejores cómics de todos los tiempos". Por su parte, también en la contracubierta del volumen dos de Pies descalzos hay otra cita, esta vez del mismo Spiegelman: "Esta historia tan gráfica y desgarradora hará crecer en tu memoria un cráter radioactivo que no permitirá que la olvides". Es decir, me llamó la atención el que un manga fuera reconocido como una obra capital sin ambages por Crumb y Spiegelman, dos grandes representantes del cómic underground estadounidense. Era como si hubiese un hilo conductor, una afinidad electiva, entre Pies descalzos y el comix. Y en efecto, lo hay.

La cosa tiene que ver con algo que ha ido saliendo en algunas entradas de este sitio y que resume perfectamente el título del prólogo de Spiegelman citado: "los cómics después de la bomba".

La realidad de la bomba atómica introdujo una novedad terrorífica en la Historia. La primera generación que padeció sus efectos, directos e indirectos, reaccionó ante el horror con respuestas también novedosas. Una especie de salto cuántico se produjo en los sesenta y setenta del siglo pasado -aunque con raíces en las décadas anteriores- no solo en los ámbitos sociales, políticos y cotidianos. La nueva contracultura extendida por doquier incluía maneras de expresar el desacuerdo a través del arte. Y el cómic fue una de esas maneras. La historia del noveno arte cambió para siempre gracias a aquella nueva generación de autores de tebeo. Tal vez entre los historietistas adscritos al comix prevaleció más la autoexpresión, si bien el alcance político de sus propuestas es del todo innegable (Maus como paradigma).

No obstante, la respuesta de Keiji Nazakawa al horror de la bomba mediante su cómic Pies descalzos es de todo punto moral. Tiene un valor estético, por supuesto. La historia está bien construida y narrada (a la japonesa, claro). Y en el seno de la misma historia el dibujo aparece como una suerte de catarsis individual. Pero nunca se olvida el autor del valor que puede tener la expresión artística como vehículo de superación de barreras y de cohesión social: "¡El arte no tiene fronteras!" descubre Gen, 'el de los pies descalzos'.


Una cierta inocencia aparentemente ingenua atraviesa el discurso de Pies descalzos. Es solo aparente. Lo que hay es una sencillez simbólica (ejemplificada en el símil de la espiga de trigo) que excluye lo innecesario o complejo ante el significado previsto. Estamos lejos de la incomunicación que destila Hiroshima mon amour (1959), la película de Alain Resnais basada en la escritura de Marguerite Duras. La historia de Gen Nakaoka es tebeo en estado puro. Apto para todos los públicos, lo cual no quiere decir para nada que sea infantil.

A la vez, Nazakawa lanza en su obra un airado reproche abiertamente político dirigido a todos los señores de la guerra. A los yanquis, claro está, por haber lanzado una bomba cuyas consecuencias exceden cualquier tipo de ponderación a escala humana. Pero también -y sobre todo- a la burocracia militarizada de su país, al complejo industrial-militar y al responsable último de todo ello, el emperador, pues fueron quienes sumieron de un modo fascista a los japoneses en aquella locura bélica. La puta guerra denunciada por Tardi en sus cómics no es sino una variante de lo representado por Nazakawa en Pies descalzos. Lo peor en la realidad es que el fantasma de la guerra no se ha desvanecido aún.

Yo creo que el sentido moral y político de esta obra lo expresa muy bien Nazakawa con estas palabras:

"Me gusta pensar que leer Pies descalzos ha ayudado a la gente a ser más consciente del horror de la guerra y de la bomba, así como del peligro de coartar la libertad de expresión."

La conjunción que establece el autor entre el horror de la guerra y de la bomba y la defensa de la libertad de expresión es lo que me lleva a conectar Pies descalzos no solo con el comix underground. -salvando la diferencia apuntada-, sino, a mayor escala, con lo  mejor de la civilización universal. 


domingo, 17 de enero de 2016

La voz que no cesa. Verso a viñeta, viñeta a verso

En La vida es un tango y te piso bailando (2015) [enlace] Ramón Boldú, mientras se autibiografía hablando de su padre y demás familia, se las arregla para intercalar unas páginas que cuentan ciertos hechos referidos a la estancia de Miguel Hernández en la cárcel, en el Reformatorio de Adultos de Alicante. Hacia el final de ese mismo tebeo, Boldú informa al lector de que en 2012 dejó de dibujar La vida es un tango para centrarse en exclusiva en un cómic sobre la vida del poeta oriolano. En la viñeta -y página- siguiente Boldú sigue: "Hola.Ya estamos en 2014"... 

El caso es que en 2013 apareció el tebeo La voz que no cesa, cuyo subtítulo es Vida de Miguel Hernández


En este cómic, Ramón Boldú dibuja un guion de Ramón Pereira que se adapta como un guante al estilo secuencial de aquél. Y viceversa, el arte secuencial de Boldú representa fielmente el guion de Pereira. De paso, Boldú confirma una vez más la seriedad y el rigor con que acomete sus tebeos, aunque teñidos de coña. Solo que, en este caso, la vida y las circunstancias -sobre todo la muerte- de Miguel Hernández no dejan lugar a la broma.

Pereira y Boldú (dos Ramones) sintetizan en 120 páginas lo esencial, por así decir, de una vida y una obra poética acaecidas durante "La Edad de Plata" de las letras y ciencias españolas [enlace]. Un periodo fecundo, pero también convulso y finalmente trágico. Lo curioso es que de un modo bastante generalizado, la figura real de Miguel Hernández está como velada por su propia leyenda. La imagen del poeta cabrero que encuentra en las trincheras su voz es tan poderosa como inerte. Pero los autores de La voz que no cesa descongelan esa imagen animándola, es decir, dotándola de significado y vida.

Por este biomic desfilan un montón de figurantes, unos de primer orden cultural e histórico, otros de menor circunstancia. Pero todos secundarios (de reparto) respecto al foco de la atención, la vida y la obra de Miguel Hernández. Así nos enteramos de cómo fueron ciertamente las cosas en torno al poeta. De entre lo que leemos en este cómic, algunas noticias sonrojan. Otras nos indignan. Otras emocionan (la viñeta enorme en que Miguel se entera de la muerte de su amigo, p. e.).  Lo que más se manifiesta en todo caso es la bonhomía y el ánimo de un sujeto mal tratado que ennobleció la tragedia con su aliento y con su palabra poética.


En la composición de las páginas de La voz que no cesa se dan cita el dibujo y la voz, hasta el punto de obtenerse la representación de un lenguaje poético. Impresiona, de hecho, la conjunción o simbiosis entre poesía y cómic lograda. A este respecto, precisamente, escribe Ramón Boldú en un epílogo de la obra: 

"A lo largo de todo este tiempo trabajando con Ramón Pereira (...) me he dado cuenta de la similitud que existe entre los poetas y los realizadores de cómic. Cuando uno realiza cómics en Epaña, sabe lo que puede llegar a sufrir un artista; y he descubierto que Miguel fue un artista que sufrió como nadie y, a pesar de ello, nunca perdió el ánimo."

Cómic y poesía coinciden aquí, sí. Pero no solo en este tebeo. El cómic y la poesía, como señala Boldú (aunque él, más prudente, dice "los poetas y los realizadores de cómic"), tienen mucho en común. Son dos manifestaciones productivas que proceden, las dos, de aquellas dos virtudes clásicas que los griegos denominaron respectivamente 'poiesis' y 'techne'. Tiene el arte del cómic su poiesis y su techne. Y la poesía también.

Ambas actividades, cómic y poesía, producen resultados novedosos, obras que antes no existían. Y por eso se dice que tales obras son creaciones. El poeta crea versos y poemas. Y el historietista viñetas y guiones. Con mejor o peor fortuna, uno y otro crean o intentan crear. Producciones que previamente a la actividad que las constituye no eran patentes. (Eso viene a ser el crear: pasar una obra de no ser a ser.)

Y cualquiera que acometa estas empresas -dibujar un cómic, escribir un poemario- sabrá de los sinsabores y dichas que acompañan al lote hasta el momento de ver publicada la obra. No solo en España, por cierto. Depende de hacia dónde miremos.

A continuación añade Boldú a manera de conclusión vitalista de esa simbiosis:

"Ahora, una vez acabado nuestro cómic, he tomado la decisión de ser como él: juro por lo más sagrado que nunca voy a perder el ánimo."

Verso a verso, viñeta a viñeta, digo yo. O verso a viñeta, viñeta a verso. 


martes, 12 de enero de 2016

"Ciudad". Alegoría y acción

Más que una alegoría, la ciudad es el lugar donde se instaura lo real cotidiano; junto a lo real cotidiano, la ciudad es también el lugar de las alegorías. Cabe todo en la ciudad. Lo sagrado y lo profano. Lo mágico y lo vulgar. La eternidad y lo efímero. El sándalo y el orín. La innovación y la suela.

La ciudad es el aleph extendido, materializado. La ilusión del movimiento inmóvil. La permanencia de lo fugaz.

La ciudad es importante para el cómic. Es también un motivo recurrente. Los autores de este tipo de literatura dibujada o secuencial consideran la ciudad de diferentes modos. Algunos de ellos trascienden la consideración de la urbe como mero escenario donde transcurren los hechos. Y cuando eso ocurre, unas veces el nombre de la ciudad identifica un álbum (Cleveland, de Harvey Pekar y Joseph Remnat; Nueva York: La vida en la gran ciudad, de Will Eisner; Valentia, de autores varios), como sugiriendo una identidad entre la cosa y el nombre de la cosa, o entre lo narrado y el concreto lugar de la narración. En otras ocasiones, por virtud del autor la ciudad anónima se autorrepresenta, siendo así como el sujeto y el objeto de la narración. Es el caso de La ciudad, de Frans Masereel y El sistema, de Peter Kuper. Las calles de arena, de Paco Roca, participa tal vez de este grupo. Y no cabe duda de que Ciudad también. 


El cómic Ciudad lo guionizó Ricardo Barreiro y lo dibujó Juan Giménez, Su publicación comenzó en los ochenta pasados en revistas argentinas de la época (Tiras de CueroHora Cero) como una serie de capítulos autoconclusivos, cada uno con su título propio. En 1992 apareció la primera edición recopilatoria de la serie en un solo tomo (Ediciones de la Urraca). Hace poco Astiberri reeditó esa versión integral. Es esta una buena ocasión para conocer la historieta completa o tal vez para reencontrarla.

Ciudad representa una urbe infinita que es alegoría de lo fantástico. Se diría también una urbe fantástica que es alegoría de lo infinito, si no fuera porque el escenario de las historias que Barreiro y Giménez cuentan es reconocible, común, consuetudinario, cercano (la experiencia del infinito es acaso más familiar que la experiencia de lo fantástico).


La obra se inscribe en el acervo de la ficción argentina, sin que haya que entender "la ficción argentina" como la descripción de una esencia. Barreiro y Giménez, argentinos los dos, prolongan en Ciudad la tradición de la literatura fantástica al modo de las ficciones de Borges (El jardín de los senderos que se bifurcan, El Aleph) y las ensoñaciones urbanas de Cortázar (el metro, el París de Rayuela), además de la tradición historietística de Oesterheld, Trillo, Solano López... La mayor evidencia de esta conexión la proporciona la presencia de Juan Salvo, El Eternauta, como personaje de la historieta que cierra Ciudad ("La salida final").


Barreiro y Giménez recurren a otras muchas referencias que apelan al imaginario fantástico universal (cuentos, mitos, personajes de terror), a la ciencia ficción, a cierto tipo de western urbano, así como a la distopía de una devastación postbélica. Y es que lejos de tratarse de una suerte de meditación metafísica dibujada, lo que se le ofrece al lector de Ciudad es una serie de relatos de acción trepidante en los que las situaciones agónicas se adaptan al esquema canónico del desenlace final. Son doce historietas individuales, cada una con su trama y figura, de las que solo la última se detiene un tanto en las reflexiones de Juan Salvo y culmina ese tapiz alegórico de la ciudad que el lector, sin apenas darse cuenta, se ha ido representando por obra y gracia del arte de los autores. 




lunes, 4 de enero de 2016

El reverso de Disney. Pinocchio



Wally Wood: The Disney Memorial Orgy (1967)

La expresión 'el reverso de Disney' describe buena parte de la historieta realizada desde los tiempos del underground y el posterior aullido del punk. Robert Crumb le dio la vuelta al Pato Donald de Carl Barks; Art Spiegelman puso sobre la tierra el zoomorfismo humano en Maus y, entre nosotros, Max subvirtió la versión disneyana de la obra de Barrie con su Peter Pank. Sería simplista concluir que Walt Disney es la luz, algo así como la tesis a la que se opone su antítesis, la oscuridad del underground y el punk. Simplista y desacertado, pues lo que se da en la realidad es siempre el resultado de múltiples síntesis. El mismo Max publicó a mediados de los ochenta en El Víbora una historieta titulada: "El encuentro entre Walt Disney y H. P. Lovecraft". Un encuentro ficticio, pero no del todo imposible. Pese a su apariencia edulcorada, en las obras de Walt Disney hay destellos del horror, lo mismo que se intuye la belleza en las descripciones de Lovecraft. Y por su parte, lo que muestran tanto el underground como el punk no es la neta oscuridad, sino más bien una síntesis amalgamada entre lo bello y lo siniestro, el jolgorio y la desesperación, tal cual.

[A modo de digresión, aunque no del todo. Esto del anverso y el reverso de una misma realidad, o la oposición entre dos realidades que operan como siendo una la tesis y la otra su antítesis respectiva, es algo que no está del todo claro, al menos en los ámbitos de la representación (ni, por cierto, en la vida misma). Porque en estos planteamientos se echa a faltar un tercer elemento, algo así como el tercer hombre inexistente del que hablaba Aristóteles en su crítica a Platón, aunque en otro sentido. Si nos fijamos como ejemplo en El Dr. Jekyll y Mr. Hyde, el relato de Stevenson, veremos que cuando se dice que Hyde es la antítesis de Jekyll, en la medida en que aquel es una representación del mal, con ello se afirma indirectamente que Kekyll representa el bien, lo cual no deja de ser incorrecto. Jekyll es un personaje con unas características que distan mucho de ser excepcionales. Es, por así decir, un tipo de carne y hueso, curioso, con ambiciones... un tipo normal (aunque con una muy buena posición social). Para ver a Hyde como la antítesis de alguien, haría falta un tercer hombre, un tercer personaje en la novela que representase el bien absoluto, en la misma medida en que Hyde representa el mal. Pero ese hombre, sencillamente, no existe en el relato de Stevenson. Jekyll y Hyde no son antitéticos. Son dos versiones de una misma realidad, de tal modo que ambas se encuentran interconectadas y una remite a la otra. Análogamente, Walt Disney, por un lado, y el cómic under-punk, por el otro, son dos formas de representar que en ocasiones aluden a lo mismo, si bien de distinta manera, siendo en esos casos como el haz y el envés de una misma hoja.]

Pinocchio (2008), de Winshluss (pseudónimo de Vincent Paronnaud, n. 1970) es un cómic que  se obstina en mostrar, y bien que lo consigue, el reverso (o uno de los reversos) de Disney.



Esta es una obra que conjuga la difícil armonía entre lo bello y lo siniestro a que aludía antes. Participa de la línea trémula, peculiar tanto de otros miembros de la nouvelle bande dessinée -Joann Sfar- como de los comix de Crumb. En cuanto al guion, la narrativa de Winshluss en Pinocchio es un ejercicio de agudeza que teje con precisión una historia tan sombría como lo pueda ser Le avventure di Pinocchio (1883), la novela original de Carlo Collodi, solo que a la altura de nuestro tiempo. Aunque al final no es una historia tan sombría. Es más bien arrebatada. Y tiene un gran sentido del humor (genial lo de Pepito Cucaracha). Si el aullido punk puede a veces actuar como conjuro, aquí en mi opinión lo consigue.


La sombra de Walt Disney no es tan solo alargada. Es también expansiva. Alimenta el Pinocchio de Winshluss, una especie de reflejo invertido de las películas de aquel productor. Lo atestigua en la trama de esta obra la presencia de "Blancanieves y los siete enanitos" (imagínense cómo), animalitos del bosque incluidos. En una entrevista [aquí], Winshluss declara que Pinocchio, de Disney, fue la primera película que vio en un cine con seis años. Y entre otras muchas cosas, también afirma lo siguiente:
"Yo no soy un artista que utilice el arte como terapia ni ninguna de esas chorradas. Simplemente, hay cosas que me llaman la atención o enigmas en mi vida que quiero resolver."  (Subrayado mío.)
La ambivalencia preside la expresión artística. Winshluss ofrece una lectura política a escala global de las aventuras de Pinocho; pero a la vez crea un espacio de proyección de fantasmas individuales, tanto suyos como del lector. La infancia late tras el aullido. Pero la cosa no se limita al consuelo, a la mera consolación ante el desconsuelo. Hay por parte de Winshluss (por parte de lo mejor de la estética under-punk, diría yo) una actitud de descreimiento sin la cual, paradójicamente, el alcance político de sus propuestas no llegaría tan lejos. O se desvanecería como los testimonios sobreactuados.

Me perece interesante dejar [aquí] un enlace de Tebeosfera sobre la saga en cómic de Le avventure di Pinocchio.